‘La perra’, obra coral que transforma lo cotidiano en leves piezas de museo

En este año de tanta penuria ‘La perra’ es de lo mejorcito que se ha paseado por escenarios mallorquines, incluso me atrevería a decir, lo mejor. Debido a las enormes limitaciones propias de una compañía independiente radicada en España y en el caso de los andaluces, Tenemos Gato, supliendo miserias propias de tantas limitaciones en un excelente ejercicio de creatividad, que transforma a tres actrices y dos actores en un soberbio enjambre coral para darle vida a escenas de la vida cotidiana de eso que antes respondía por una familia y ahora la corrección política lo ha transformado en unidad de convivencia. ¡Hay que ver, tanta gilipollez conceptual!

El extravío de una perra que responde por Marisol, nos va a permitir poner el punto de mira sobre las carencias y desafecciones de dos hermanas, sus padres, hijas y los maridos de éstas, además de personajes que se cruzan en la trama de la misma manera que aparecen y desaparecen en nuestras vidas permanentemente. El texto de Cristina Rojas, que además asume dirección y el papel de la hermana embarazada, reincide en su carácter de revelación que ya le valiera el reconocimiento en los Premios Max, entre otros. En este sentido, ‘La perra’ es una pequeña joya maestra.

Nada es nuevo, todo es reincidente, porque pertenece a escenas cotidianas de la vida real, sólo que en este caso el tratamiento alcanza la excelencia. Que no es poco.

Empezando por el diseño de escenografía –básicamente un maizal-  que se entrega al permanente encadenado de unas situaciones deliciosamente guiadas por músicas que beben en el flamenco y otras referencias al folk, bluegrass o rock sinfónico y su corolario en la afortunada reducción que nos entrega Devendra Banhart, el músico conceptual americano.     

En realidad lo que ve el público es un remedo de la comedia de situación o si se prefiere algo así como un melodrama sin sentido alguno (la pérdida de un perro, salvo para el PACMA, no es una tragedia en sentido estricto), aquí transformado en el relato de los días abiertos al debate como consecuencia de una casualidad y su desenlace en un ejercicio de subjetividades que provocan la hilaridad, y si me lo permiten, el absurdo de asistir a unas recriminaciones que apuntan al dedo del mayo del 68 en lugar de mirar a la luna. Es lo cotidiano. Pero qué bien manejan la vulgaridad.

La compañía andaluza de teatro independiente transforma lo cotidiano, en una obra de arte que en definitiva es el objetivo que persigue cualquiera de los compromisos asumidos por las disciplinas emparentadas con las artes escénicas: transformar lo cotidiano en livianas piezas de museo.

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